miércoles, 1 de febrero de 2012
La capital incaica
Cuzco tiene una cosa muy rara para una ciudad, tiene ritmo de pueblo. A que me refiero con esto? A que pese a ser una ciudad y tener todos los atractivos que una ciudad puede ofrecer, su ritmo de vida es cansino, lento, pausado, como el de un pueblo. Esto lo convierte en un lugar extremadamente particular para visitar. Y si a eso le sumamos todos los atractivos que tiene, la capital del imperio inca pasa a convertirse en un destino ineludible. Además, el cambio actitudinal que hay cuando uno cruza la frontera de Bolivia y pasa al Perú hace que todo sea diez veces más atractivo. La llegada a Cuzco fue bien temprano en la mañana, una recostada en la cama por un par de horas y a recorrer. La ciudad está igual a como cuando la dejé hace un año atrás, excepto por una gran ausente: la lluvia. Casi se podría decir que no llovió en toda la estadía, y cuando lo hizo fue apenas una breve lloviznita. La plaza de armas sigue igual, el espacio comercial parece estar expandiéndose, pero en general todo se conserva en el mismo estado. Al día siguiente comenzó la visita a Valle Sagrado, con la sorpresa de que no teníamos descuento de estudiantes por superar la edad (como si ser estudiante fuese una cosa que-hace-uno-cuando-es-chiquito-y-de-grande-no-mas-porque-los grandes-hacen-cosas-de-grandes) . La experiencia pasada me sirvió para tomar la decisión de no ir a Chinchero. No hay mucho realmente y preferí optar por visitar nuevamente Ollantaytambo, tal vez el punto más alejado (2 horas) de Cuzco. A medida que uno se va adentrando en el pueblo y ve mejor la montaña queda impactado por el tamaño de las ruinas (ubicadas, justamente, sobre ella). Luego de rechazar guias a precios exorbitantes emprendimos la recorrida del lugar, con toda la arquitectura típicamente incaica. Un par de horas luego, almuerzo mediante, partimos al pueblo de Maras, de dónde tomamos un taxi que nos llevó a las ruinas de Moray, a unos trece kilómetros del lugar mencionado. La sorpresa fue enorme porque el lugar es increible (además de que el año pasado no había siquiera entrado en el cronograma planeado), unas ruinas ciruclares que se asemejan mucho a las típicas fotos de los sembradíos marcados a fuego por extraterrestres, un lugar extraordinario, y finalmente, ya al día siguiente, las ruinas de Pisac. El pueblo está ubicado a casi una hora de Cuzco, uno llega y tiene dos opciones, caminar desde abajo o subir en taxi y luego ir bajando. Claramente, la segunda fue la opción elegida. Fueron cerca de tres horas recorriendo unas ruinas enormes, que requerían una buena caminata para pasar de una a la otra. Otro punto a favor es la feria que hay en el pueblo que porta el mismo nombre, una de las más bonitas y originales con las que me crucé, siempre dentro del marco de productos típicamente andinos. Pero todavía queda el plato fuerte, el Machu Picchu, pero eso lo dejo para el próximo post.
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