Creo que lo único que nos quedaba por ver en éste viaje era un desierto. Bueno, para que el desierto no se sintiese mal decidimos que teníamos que hacerle una visita, y que mejor que el de Atacama, uno de los desiertos más áridos del mundo, para hacer esa incursión. La manera de llegar no era alentadora, 11 incómodas horas sobre un bus de la empresa SikTur (de las cuales hubo dos detenciones de al menos media hora para que los carabineros: 1)bajen a todos los peruanos de sexo masculino y tez oscura del micro, y 2) para revisar cada uno de los equipajes. Incluso, el destino tampoco fue San Pedro, sino que fué Calama, una ciudad minera sin mayores atractivos. Pasado el periplo arribamos al pueblo de nombre de raigambre católica. Después de todo eso el humor tal vez no fuese el mejor, pero fué bajar del micro para que el semblante cambie totalmente. Un pueblo al estilo de Purmamarca, pequeño, de casas de adobe, nos abrió los brazos. Tras encontrar un alojamiento y dejar los bolsos salimos a dar una vuelta y averiguar que actividades se podrían realizar. Aparentemente, en el desierto más árido del mundo había estado lloviendo durante las últimas jornadas, por lo que la inestabilidad del piso hacía complicada algunas excursiones. Las únicas disponibles durante un tiempo iban a ser las del Valle de la Luna, el Valle de la Muerte y el de las lagunas altiplánicas. Decididos a arrancar pronto, contratamos para esa misma tarde la que nos llevaría a los valles de la Luna y de la Muerte. Se dió una cosa muy particular para cuando llegamos, el piso estaba llendo de salitre, lo que le daba un aspecto nevado muy poco común. El paisaje de los valles se entremezcla con las diferentes cordilleras que los rodean y hacen del lugar un espacio único en el mundo. No se cómo se verá la luna realmente, pero en tren de suposiciones creo que como mínimo debe parecerse un poco a éste lugar, en donde la aridez gana posiciones con facilidad en todos los rincones, coronados por unas dunas que terminan por funcionar como el mirador perfecto para reconocer el paisaje. Bien temprano en la mañana comenzó la siguiente excursión, la de las lagunas, ésto ya que el primer destino era el Salar de Atacama, en dónde tendríamos la oportunidad de ver flamencos. Llegamos antes que nadie al lugar, sin embargo una mezcla de impericia con mal cálculo y falta de ganas de explicar por parte de nuestro guía dieron como consecuencia que varios grupos se nos adelantaran y para cuando llegamos al lugar en dónde estaban éstas aves, la afluencia de gente ya las había espantado al menos de los bordes, por lo que tuvimos que apreciarlas a cierta distancia. Luego nos subimos de nuevo a la camioneta y subimos hasta los 4200 metros sobre el nivel del mar para conocer las lagunas altiplánicas. Miscanti y Miñique, sus nombres originales, transmiten una paz y una calma pocas veces visto (aunque arruinados por la irrespetuosa irrupción de los diferentes contingentes turísticos, capaces de tirarse del pico más alto sólo para tener una buena foto de perfil en facebook). Retornamos a San Pedro, para finalmente partir rumbo a Valparaíso a la mañana siguiente.
domingo, 26 de febrero de 2012
martes, 21 de febrero de 2012
La nada misma
En Tacna no hay nada, y no puedo creer que sea la segunda vez que visito la ciudad. Sus únicos atractivos son la zona franca (con todo tipo de productos libres de impuestos) y los distintos negocios que hay por ahí. El centro es pintoresco pero no pasa de un par de cuadras. Básicamente, para un chileno ir a Tacna es como para un argentino ir a Villazón: todo baratísimo. Como bien dije en el post anterior, el objetivo era ir bajando a San Pedro, entonces tras 20 horas de viaje decidimos pasar la noche y al otro día salir para Arica con el objetivo de ver si nos podíamos tomar cualquier cosa que nos deje un poco mas al sur. Cruzamos la frontera pasado el mediodia y llegamos a la ciudad chilena en donde nos desayunamos (aunque visto la hora podría decirse mejor que nos merendamos) conque estaba todo agotadísimo para cualquier ciudad un poco más cerca de San Pedro. Iquique: agotado. Antofagasta: agotado. San Pedro directamente: agotadísimo. Calama: agot....MOMENTO!!! quedaban exactamente dos lugares disponibles. Ni uno más ni uno menos. Obviamente los compramos. Como el bus recién saldría a las 22:30hs. aprovechamos para pasar la tarde y cenar en Arica. El viaje a Calama fue de otras 20hs. Arribamos a destino alrededor de las 9:30 de la mañana, y de ahí compramos pasaje para una hora después a San Pedro. Al final terminó saliendo bastante redondo, aunque con mucha suerte. En el próximo post les cuento sobre San Pedro de Atacama, que entra tranquilamente dentro del top 3 de lugares que visitamos.
viernes, 17 de febrero de 2012
Limándola parte 2
Tras Iquitos retornamos a Lima. La novedad, ésta vez, fué la visita al Callao, uno de los barrios más peligrosos de la ciudad, sin embargo también uno de los más lindos para conocer y visitar. Tomamos un taxi desde Miraflores que nos dejó en La Punta y empezamos a caminar el lugar, conociéndo, viendo un poco. El almuerzo fué delicioso, hay pocas cosas que superan al pescado cuando es fresco de verdad. Tras el almuerzo volvimos a Miraflores para ir a las ruinas de Huaca-Pucllana, pero llegamos tarde para poder ver más que la entrada. Ya arranca el tramo de regreso. Hoy salimos a Tacna para el domingo ir entrando en Chile, y si todo sale bien el lunes estar en San Pedro de Atacama.
martes, 14 de febrero de 2012
En la jungla tan imponente
El objetivo del viaje fue siempre Iquitos. La idea era, básicamente, ir a la selva, ir al Amazonas. El plan original, extremadamente pretencioso, implicaba ir subiendo hasta llegar a Yurimaguas y desde ahí hacer un viaje de tres dias y dos noches en barco. Como bien decía, ese era el plan original, que terminó por derrumbarse al verse limitado por el factor económico, tan trascendental a la hora de tomar este tipo de determinaciones. Finalmente optamos por el menos glamoroso, aunque igual de efectivo, vuelo de Lima a Iquitos. Tras una demora de una hora (aparentemente la tónica general de Peruvian Airlines) arribamos al destino fijado. De entrada las novedades fueron que podíamos ir del aeropuerto al hostel en el clásico taxi o bien optar por una opción más aventurada y riesgosa, el motocar, unas motos con un cubículo detrás en donde caben tres personas. El riesgo de ésto es que dada la informalidad del medio de transporte (más adelante nos enteraríamos que de los 30.000 motocars que hay circulando, sólo 5000 tienen licencia oficial) uno puede toparse con cualquier cosa, llegando al punto de ser asaltado. Llegamos al hostal y lo primero que hicimos, tras la ya casi protocolar vuelta por el centro, fué visitar el distrito de Belén. Se trata de un barrio construido a la vera y por sobre el río Itaya. Si, no se trata de un error, la mayor parte de las construcciones son sobre pilotes, lo que convierte al lugar en un destino único. El gran problema es la inseguridad ya que, básicamente, se trata de una villa. Otro punto distintivo es el mercado de Belén, en donde se vende de todo, brebajes, pociones, animales, comidas exóticas, todo acompañado por una higiene digna de los asentamientos a orillas del riachuelo. Al día siguiente, ahora sí, entramos en la selva. No muy profunda ciertamente, pero selva al fin. El tour consistía en una visita a la tribu Yagua que nos deleitó con unos bailes típicos y una especie de desfile, que nos deja como enseñanza que la raza humana no tiene límites a la hora de querer vender algo. Acto seguidoo visitamos a un Shamán, que nos contó sobre los poderesa curativos de ciertas plantas, más una degustación del trago 7 raíces. Hasta ahí todo muy armado, muy plástico, pero luego se fue poniendo bueno cuando empezamos a caminar por la selva, a meternos un poquitito. Al atardecer pudimos ver como se hace el jugo de caña (por cierto, delicioso), y tras otra caminata fuimos a ver el atardecer al Amazonas. Finalmente, al anochecer, navegamos no muy lejos para, en una absoluta oscuridad, oir los ruidos de la selva de noche. No parece gran cosa pero estuvo muy bueno, creo que lo disfrutamos todos los que estábamos en ese barco. La mañana siguiente comenzó con una visita a una reserva de animales, en donde vimos unos cuantos monos, un tucán, un guacamayo, y algunas variedades de ofidios. Luego fuimos a pescar pirañas aunque con suerte esquiva para finalmente volver a la ciudad. El domingo, finalmente, fuimos al zoológico en donde me pude dar el gusto de levantar una anaconda y ver cincuenta y pico variedades de especies selváticas. Creo que Iquitos hubiese merecido, al menos, un día más, ya que quedaron muchas cosas para hacer, entre las que podría incluirse un adentramiento mayor en la selva o la visita a diferentes pueblos. El regreso a Lima fue el lunes a la mañana (tras otro retraso de una hora de Peruvian Airlines).
Limándola
Tiene playa, tiene vida nocturna, tiene buena vibra. Lima la rompe! Es una ciudad que me encanta y a la cual volveré varias veces más porque la disfruto un montón. A todo eso hay que sumarle que encontré un hostel ideal para disfrutar de todo esto, lo que convierte todo en una experiencia mucho más placentera. Estoy convencido que si uno va a un buen hostel se termina llevando una impresión buena aún de la ciudad más gris. No hay mucho para contar realmente porque todo lo que visité ya lo había recorrido el año anterior. Miraflores, Barranco, La Victoria. El detalle gracioso fué que cuando visitamos el centro histórico cruzamos el Rimac y empezamos a caminar por una bonita peatonal, coronada un par de cuadras después con una iglesia, pero siempre a sabiendas de que se trata de una zona peligrosa. A las dos cuadras nos paran dos policías para advertirnos sobre las cámaras y para preguntarnos si ibamos muy lejos. Al responderles el destino en seguida se ofrecieron a acompañarnos de cerca para que no nos pase nada! Viendo la situación decidimos pegar la vuelta, no valía la pena exponernos a nosotros y a los demás a cualquier cosa por una iglesia pedorra. Fueron un par de días muy buenos, aunque lluviosos, y la próxima parada es la que más me entusiasma: Iquitos y el Amazonas.
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miércoles, 8 de febrero de 2012
La ciudad blanca
A la vuelta de Machu Picchu la siguieron un par de dias de merecido descanso. Basicamente se trató de hacer vida de hostel, o sea, salir a dar la quincuagésima vuelta por el centrito, algún que otro lugar no demasiado alejado y volver al lugar donde uno se está quedando. El siguiente destino fué Arequipa, ciudad que me resultó esquiva (por cuestiones económicas) el año pasado. 16 horas de micro y a las 9 de la mañana llegamos a la que es conocida como La Ciudad Blanca, ya que la mayor parte del centro y edificios característicos están construidos con una roca de origen volcánico. A su vez, se trata de la segunda ciudad mas grande del Perú, sólamente superada por la capital, Lima. La plaza de armas es muy pintoresca aunque no demasiado grande y la recorrimos en un par de horas. Al día siguiente arrancamos bien temprano en la madrugada (exactamente, a las 3:00 AM) para hacer el tour por el Cañón del Colca. El motivo principal por el que fue imperioso arrancar tan temprano fue debido a la distancia (cinco horas) que separan a Arequipa del susodicho Cañón. La primer parada fué en el mirador de la cruz del cóndor, en dónde pudimos avistar al ave más grande de la región. Son animales imponentes, que transmiten un respeto innato, uno tiene la constante sensación de que tranquilamente podría ser tomado entre sus garras y llevado al nido con la misma facilidad con la que uno levanta un gatito. El siguiente lugar fue otro mirador, en dónde pudimos apreciar con mayor detalle el ecosistema. El cañón es un lugar que merecía un tour más extenso, pero por cuestiones de tiempo tuvimos que reducirlo a un solo dia. Antes de almorzar pudimos disfrutar de unos baños termales para luego emprender el retorno al hostel. Una noche reparadora y último dia en Arequipa para luego viajar a Lima.
jueves, 2 de febrero de 2012
Machu Picchu
En general no se encuentran muchas novedades cuando uno repite destino al año siguiente de haber viajado. En algun punto, un año es poco tiempo para que algo cambie de manera tan cuantiosa que uno no pueda sorprenderse nuevamente. Podria decirse que Machu Picchu es la excepcion a la regla. Ya sea por el clima, porque uno emprendio una nueva ruta, o por lo que sea, el lugar siempre sorprende. En mi caso, fueron varias las novedades respecto de ese primer contacto en febrero del 2011. La primer novedad fue la implementacion de una tarifa para acceder a Wayna Picchu (y a la montaña Machu Picchu), algo asi como nueve dolares. El hecho de haber tenido que adquirir el ticket para Wayna Picchu por anticipado le permite a uno tomarse un rato mas para dormir, a diferencia de la otra en donde el acceso era por orden de llegada. Emprendimos la subida a eso de las 5:30, 6:00am, para estar subiendo a "la montaña joven" a las 7:45. Al llegar a la cima nos tomamos un respiro, las fotos correspondientes y decidimos encarar para el lado de la Gran Caverna, una caminata en bajada de alrededor de cuarenta minutos. Alli, tras todos los pasos protocolares correspondientes (fotos, descansar, rezongar porque "estos incas de mierda y las escaleras del orto estas!!!", etc.) comenzamos la vuelta a las ruinas, una caminata en subida de una hora y media nada mas (dentro de las cuales, 3/4 partes fueron insultos a la memoria incaica por su insistencia a la hora de utilizar escaleras). Luego de un merecido almuerzo hicimos el correspondiente tour por el parque (bajo la lluvia) y finalmente encaramos para la puerta del sol, un trayecto recto, que no reviste mayores dificultades, pero que se convirtio en una odisea considerando el estado fisico en el que nos encontrabamos a esa altura. Entre subir, recorrer y bajar se nos fueron alrededor de diez horas, de las cuales la mayor parte fueron en movimiento. Tomamos el tren de vuelta a las siete de la tarde y a las diez estabamos de vuelta en Cuzco, ducharnos y tomarnos un merecidisimo descanso.
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