martes, 14 de febrero de 2012

En la jungla tan imponente

El objetivo del viaje fue siempre Iquitos. La idea era, básicamente, ir a la selva, ir al Amazonas. El plan original, extremadamente pretencioso, implicaba ir subiendo hasta llegar a Yurimaguas y desde ahí hacer un viaje de tres dias y dos noches en barco. Como bien decía, ese era el plan original, que terminó por derrumbarse al verse limitado por el factor económico, tan trascendental a la hora de tomar este tipo de determinaciones. Finalmente optamos por el menos glamoroso, aunque igual de efectivo, vuelo de Lima a Iquitos. Tras una demora de una hora (aparentemente la tónica general de Peruvian Airlines) arribamos al destino fijado. De entrada las novedades fueron que podíamos ir del aeropuerto al hostel en el clásico taxi o bien optar por una opción más aventurada y riesgosa, el motocar, unas motos con un cubículo detrás en donde caben tres personas. El riesgo de ésto es que dada la informalidad del medio de transporte (más adelante nos enteraríamos que de los 30.000 motocars que hay circulando, sólo 5000 tienen licencia oficial) uno puede toparse con cualquier cosa, llegando al punto de ser asaltado. Llegamos al hostal y lo primero que hicimos, tras la ya casi protocolar vuelta por el centro, fué visitar el distrito de Belén. Se trata de un barrio construido a la vera y por sobre el río Itaya. Si, no se trata de un error, la mayor parte de las construcciones son sobre pilotes, lo que convierte al lugar en un destino único. El gran problema es la inseguridad ya que, básicamente, se trata de una villa. Otro punto distintivo es el mercado de Belén, en donde se vende de todo, brebajes, pociones, animales, comidas exóticas, todo acompañado por una higiene digna de los asentamientos a orillas del riachuelo. Al día siguiente, ahora sí, entramos en la selva. No muy profunda ciertamente, pero selva al fin. El tour consistía en una visita a la tribu Yagua que nos deleitó con unos bailes típicos y una especie de desfile, que nos deja como enseñanza que la raza humana no tiene límites a la hora de querer vender algo. Acto seguidoo visitamos a un Shamán, que nos contó sobre los poderesa curativos de ciertas plantas, más una degustación del trago 7 raíces. Hasta ahí todo muy armado, muy plástico, pero luego se fue poniendo bueno cuando empezamos a caminar por la selva, a meternos un poquitito. Al atardecer pudimos ver como se hace el jugo de caña (por cierto, delicioso), y tras otra caminata fuimos a ver el atardecer al Amazonas. Finalmente, al anochecer, navegamos no muy lejos para, en una absoluta oscuridad, oir los ruidos de la selva de noche. No parece gran cosa pero estuvo muy bueno, creo que lo disfrutamos todos los que estábamos en ese barco. La mañana siguiente comenzó con una visita a una reserva de animales, en donde vimos unos cuantos monos, un tucán, un guacamayo, y algunas variedades de ofidios. Luego fuimos a pescar pirañas aunque con suerte esquiva para finalmente volver a la ciudad. El domingo, finalmente, fuimos al zoológico en donde me pude dar el gusto de levantar una anaconda y ver cincuenta y pico variedades de especies selváticas. Creo que Iquitos hubiese merecido, al menos, un día más, ya que quedaron muchas cosas para hacer, entre las que podría incluirse un adentramiento mayor en la selva o la visita a diferentes pueblos. El regreso a Lima fue el lunes a la mañana (tras otro retraso de una hora de Peruvian Airlines).

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