lunes, 23 de enero de 2012

El desierto blanco

Uyuni es el salar. O sea, no hay más que eso para ver. Ni más ni menos que el salar. Uyuni es un pueblo con un pasado importante dentro de la historia ferroviaria de Bolivia, pero hoy de eso no queda casi nada, y el 50% de la industria está abocada al turismo (aunque yo me animaría a decir más). Existen dos tipos de excursiones para hacer, y ámbos difieren enormente en la cantidad de tiempo necesario para llevarlos a cabo. Por un lado la excursión de un día, que te lleva al cementerio de trenes, Colchani (un pueblo cuya razón de ser es vender esculturas de sal, además de estar muy cerca del salar) y finalmente el plato fuerte, el Salar de Uyuni. Por otra parte, la excursión de tres días que te lleva, además de al salar, a laguna verde y laguna colorada (entre otros). Por cuestiones de tiempo decidimos hacer el tour de un dia. Muy a pesar de mi escepticismo, me encontré con otro destino imperdible e increible. Es, literalmente, un desierto de sal, un desierto blanco. Kilómetros y kilómetros de salitre en el piso y un sol abrasador en el firmamento, en un contexto de 3650m de altura. El cielo juega un papel fundamental, ya que le da un contexto mágico, además de ser un contraste ideal a tanto blanco. Fundamental para ir: protector solar, una gorra y anteojos de sol. Sin los lentes oscuros se hace imposible ver, además de ser dañino para los ojos. A la vuelta nos esperaba el tren (previa espera de casi 6 horas) y los nuevos destinos: Oruro, primero, para luego ir a La Paz, la capital de Bolivia.

No hay comentarios: